Me pasaste una lata oxidada y me dijiste un nombre de dios,
esculpido en las líneas que desaparecen tras la curva,
como las pistas de una carrera vistas de costado.
Te raspaste una uña,
esa que siempre te crece despareja,
y me dijiste otro nombre de dios.
Y otro con el brillo encandilador del detergente al lavar los platos,
y uno más al apilar la montaña de papeles sobre tu estómago.
Los nombres de dios, junto con los ojos de dios,
y los sordos estallidos de las burbujitas de aire que reviento con las mismísimas yemas de estos dedos.
Me siento en el fondo del cuarto con las manos detrás de las orejas,
escuchándolo todo en el silencio engañador de la oscuridad,
tragando montones de saliva por la emoción
al ejecutar todos los nombres de dios.
El extrañamiento del mundo es un lugar que pensé para darse cuenta de que lo nuevo es inagotable, de que nunca se acaba. Que siempre hay algo más donde pensábamos que habíamos visto bien. Para darse cuenta de que siempre hay cosas de las que podemos darnos cuenta.
Eso es lo que espero que les pase a ustedes al leerlo, que es lo que me pasa a mí. A partir de una canción, de un comentario, de una anécdota, de una lectura o de un simple cambio en el aire me voy, me extraño a un lugar. Un lugar que no se puede explicar sino sólo vivir. Un lugar donde todo es lo mismo pero no es lo mismo, donde se te refunda la percepción. Un lugar donde puede parecer que no hay nada, pero del que yo me traigo algo, que son estas historias.
Eso es lo que espero que les pase a ustedes al leerlo, que es lo que me pasa a mí. A partir de una canción, de un comentario, de una anécdota, de una lectura o de un simple cambio en el aire me voy, me extraño a un lugar. Un lugar que no se puede explicar sino sólo vivir. Un lugar donde todo es lo mismo pero no es lo mismo, donde se te refunda la percepción. Un lugar donde puede parecer que no hay nada, pero del que yo me traigo algo, que son estas historias.
domingo, 31 de octubre de 2010
lunes, 18 de octubre de 2010
Amazonas
Una mata de verde bravura me araña la cara.
Dame al salvaje y transportame a la cristalina transparencia. No me dejes parar y dame palabras de aliento. Haceme creer que en cualquier momento me puedo postrar y ponerme a rezar, pidiendo por algo. Rompé las ramas con estruendo sin olvidar desfigurarte. Crujime, crují, crujilos. Llevame a las aguas marrones y salpicame con histeria, con un frenesí tal que si alguien nos mira a la distancia se asuste. Mirame con ojazos de madera y clavámelos a mí. Hermosa te ves a través de la madera.
Una mata verde de bravura.
Dame al salvaje y transportame a la cristalina transparencia. No me dejes parar y dame palabras de aliento. Haceme creer que en cualquier momento me puedo postrar y ponerme a rezar, pidiendo por algo. Rompé las ramas con estruendo sin olvidar desfigurarte. Crujime, crují, crujilos. Llevame a las aguas marrones y salpicame con histeria, con un frenesí tal que si alguien nos mira a la distancia se asuste. Mirame con ojazos de madera y clavámelos a mí. Hermosa te ves a través de la madera.
Una mata verde de bravura.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Cáncer de todo
Es el cáncer de todo de todos. El borbotón de sangre por las orejas, que ensordece las trompetas de los juicios por venir. Las manos y una piel que dejó de merecer su nombre hace tiempo, y un cáncer que devora todo, con una voluntad entregada a su festín.
Los humos lo justifican y la lana doblada para que abrigue más. Una calidez abrumadoramente atrofiada que sólo quiebran los estertores de frío que suben, y bajan, y suben por la espina, tatuando una escarcha, aunque siempre parece haber más humo al exprimir las hojas.
El cáncer de todo es esperanzadoramente inlocalizable. Imposible de encontrar, pero devastando y reconstituyendo todo con su propio tejido negro funda un imperio nuevo y brillante de tentáculos indestructibles, esplendorosos. El imperio de yo.
Al respirar creo que puedo hacer música.
Los humos lo justifican y la lana doblada para que abrigue más. Una calidez abrumadoramente atrofiada que sólo quiebran los estertores de frío que suben, y bajan, y suben por la espina, tatuando una escarcha, aunque siempre parece haber más humo al exprimir las hojas.
El cáncer de todo es esperanzadoramente inlocalizable. Imposible de encontrar, pero devastando y reconstituyendo todo con su propio tejido negro funda un imperio nuevo y brillante de tentáculos indestructibles, esplendorosos. El imperio de yo.
Al respirar creo que puedo hacer música.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Las colinas huecas
Los soplidos del viento a veces parecen el sonido del cuerno de guerra cuando se cuelan por las colinas huecas. A veces es tan auténtico el parecido que nos sobresaltamos tomando nuestras armas, creyendo el vigía nos alerta sobre un enemigo a la distancia. Pero la mayoría de las veces el sonido del viento que se cuela por las colinas huecas no es tan belicosamente provocativo, y más bien se asemeja al aullido de un lobo solitario.
A pesar de que rara vez sufrimos ataques, de otros hombres o de animales salvajes, somos pocos los que nos aventuramos hacia el exterior de las colinas huecas. La mayoría permanece adentro esforzándose con las labores cotidianas de un modo tan arduo que creo que jamás perciben siquiera la llegada de la noche, que es cuando salimos a cazar.
Lo más irresistible de la caza es la agitación de la persecución de la presa y no el momento en el que se la atrapa. La carrera a sudor vivo, la respiración a punto de reventar los pulmones, las piedras que ocasionalmente pueden lastimar la planta de los pies o las espinas que rasguñan las piernas son lo que verdadermante me llevan a salir de las colinas huecas a la noche. Pararme sobre una roca y esperar un movimiento, un vibración de matorrales o una sombra delatora a luz de la luna son el momento previo para el frenesí más absoluto.
Cuando finalmente captura a la presa se desvanece en cuestión de segundos. Y es en esos momentos cuando vuelvo a saber quién soy y me acuerdo de los que quedaron en el interior de las colinas huecas. Es un instante único, en el que la bestia está abandonando mi cuerpo y el recuerdo de los otros lo toma, poniendo piedra sobre piedra, río sobre río, tirando un puñado de tierra negra sobre todo lo que vivo de día dentro de las colinas huecas.
Algo que debería mencionar es que las colinas huecas no están erguidas, sino dadas vueltas, apoyadas sobre su cumbre, volviendo muy difícil moverse cuando se está adentro. Es por eso que construimos niveles y pasajes ascendentes y descendentes en los que cualquiera puede perderse si no los ha recorrido lo suficiente. La ventaja es que hay mucha luz, tal vez demasiada, y es imposible no saber con que va a toparse uno al dar el paso siguiente. Y éste es uno de los misterios más grandes de las colinas huecas: la fuente de toda esa luz. La memoria de nuestros ancestros nos dicen que estaba así desde que llegaron y las habitaron y que nunca nadie pudo rastrear de dónde sale el fulgor. A nosotros ya no nos importa, sino que sólo nos preocupamos por cubrirnos los ojos para poder dormir.
Hoy es día de caza y ya apresté mis armas. La lanza se ve tan clara a la luz que nos rodea y sé que cuando ponga pie afuera se verá tan diferente en la oscuridad que si no fuera porque nunca la suelto pensaría que es otra. El soplido del viento se cuela una vez más y es el inconfundible sonido del cuerno de guerra. Pero ya sabemos que es mentira, y que al salir de las colinas huecas sólo encontraremos nuestras presas.
A pesar de que rara vez sufrimos ataques, de otros hombres o de animales salvajes, somos pocos los que nos aventuramos hacia el exterior de las colinas huecas. La mayoría permanece adentro esforzándose con las labores cotidianas de un modo tan arduo que creo que jamás perciben siquiera la llegada de la noche, que es cuando salimos a cazar.
Lo más irresistible de la caza es la agitación de la persecución de la presa y no el momento en el que se la atrapa. La carrera a sudor vivo, la respiración a punto de reventar los pulmones, las piedras que ocasionalmente pueden lastimar la planta de los pies o las espinas que rasguñan las piernas son lo que verdadermante me llevan a salir de las colinas huecas a la noche. Pararme sobre una roca y esperar un movimiento, un vibración de matorrales o una sombra delatora a luz de la luna son el momento previo para el frenesí más absoluto.
Cuando finalmente captura a la presa se desvanece en cuestión de segundos. Y es en esos momentos cuando vuelvo a saber quién soy y me acuerdo de los que quedaron en el interior de las colinas huecas. Es un instante único, en el que la bestia está abandonando mi cuerpo y el recuerdo de los otros lo toma, poniendo piedra sobre piedra, río sobre río, tirando un puñado de tierra negra sobre todo lo que vivo de día dentro de las colinas huecas.
Algo que debería mencionar es que las colinas huecas no están erguidas, sino dadas vueltas, apoyadas sobre su cumbre, volviendo muy difícil moverse cuando se está adentro. Es por eso que construimos niveles y pasajes ascendentes y descendentes en los que cualquiera puede perderse si no los ha recorrido lo suficiente. La ventaja es que hay mucha luz, tal vez demasiada, y es imposible no saber con que va a toparse uno al dar el paso siguiente. Y éste es uno de los misterios más grandes de las colinas huecas: la fuente de toda esa luz. La memoria de nuestros ancestros nos dicen que estaba así desde que llegaron y las habitaron y que nunca nadie pudo rastrear de dónde sale el fulgor. A nosotros ya no nos importa, sino que sólo nos preocupamos por cubrirnos los ojos para poder dormir.
Hoy es día de caza y ya apresté mis armas. La lanza se ve tan clara a la luz que nos rodea y sé que cuando ponga pie afuera se verá tan diferente en la oscuridad que si no fuera porque nunca la suelto pensaría que es otra. El soplido del viento se cuela una vez más y es el inconfundible sonido del cuerno de guerra. Pero ya sabemos que es mentira, y que al salir de las colinas huecas sólo encontraremos nuestras presas.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Esperar a los tártaros

Estoy por terminar El desierto de los tártaros, de Buzzati, un libro que ciertamente no me terminó de convencer. Pero sí tiene una idea, en realidad el núcleo de la historia, que me pareció interesante.
Un soldado se encamina hacia una fortaleza fronteriza que existe de tiempo inmemorial para proteger a la nación de los tártaros, un pueblo de cuya existencia a veces se duda. Pasan los años para el soldado, y con él parte de su juventud, así como la de los otros en el fuerte. El tedio es tan grande que, como buenos militares que son, conciben la guerra como el único golpe capaz de sacarlos de semejante sopor trágico. Pero la guerra parece no llegar nunca, lo que no impide que la sed de gloria crezca cada vez más, aunque no se trate de una sed de gloria agazapada para atacar ni bien tenga la oportunidad, sino de una sed provocada por el desierto que se extiende delante de ellos, que agota y dilata los ojos a la búsqueda de un enemigo que no llega.
Y a partir de esto pensé cómo nuestra juventud es también un fuerte fronterizo. Estamos cerca de un límite, con todas nuestras armas aprestadas para batallar, con la misma sed de gloria para nuestras vidas y con la esperanza de que, si se presenta pelea, vamos a ganar. Pero, ¿y si no? No quiero decir si no ganamos, que por lo menos dejar las cicatrices de la lucha, sino, ¿y si nunca batallamos? ¿Y si nunca se nos presenta la oportunidad de obtener la gloria? ¿Y si nos pasamos años en nuestras fortalezas a la espera de lo mejor y sólo conseguimos que nos sople el viento frío en la cara?
Hay en algún dudoso saber popular la idea de que los miedos que más nos aterrorizan en la vida son cosas como que nos dejen de amar, que perdamos a quien queremos o nuestra propia muerte. Pero creo que, como en muchos casos, el saber popular se equivoca. Creo que el peor miedo que podemos tener en esta vida es quedarnos esperando a los tártaros hasta el final y que nunca lleguen.
Es hora de tomar las armas.
Armonías
Es fácil acomodarse en las armonías apacibles. Son esas de las certezas, o las que por lo menos prometen una con tal de confiar lo suficiente como para olvidarse de porqué dudamos en primer lugar. Las armonías apacibles son las que nos educan, y a las que nos entregamos totalmente desesperados por un mundo que no tiene sentido para que nos arrullen para poder dormir.
Pero también están por ahí las armonías vibrantes, que se manifiestan cuando se nos agrieta algo. Son las de la intranquilidad y el desasosiego, pero no del enloquecedor, sino de aquel que cada vez me parece más necesario, el de la incertidumbre que, desafiando las leyes de la lógica, en su no asertividad dice más que las afirmaciones complacientes.
Pero también están por ahí las armonías vibrantes, que se manifiestan cuando se nos agrieta algo. Son las de la intranquilidad y el desasosiego, pero no del enloquecedor, sino de aquel que cada vez me parece más necesario, el de la incertidumbre que, desafiando las leyes de la lógica, en su no asertividad dice más que las afirmaciones complacientes.
lunes, 21 de junio de 2010
Dexter: easy to see the dark side is
Si alguien me pidiera que le recomendara algo bueno para ver en tele en este momento le diría sin dudarlo que le eche un vistazo a Dexter. No sólo por la historia y las subhistorias que se abren cada temporada, ni por las actuaciones, geniales por cierto, sino por Dexter mismo, en cuya existencia confieso que he llegado a creer. Porque para mí Dexter no es sólo un personaje. No desde el momento en que lo encontré en mí mismo.
Muchos podrán creer no sin razón que aquí y ahora se va a producir la revelación en la que le digo al mundo que soy un asesino serial o algo por el estilo, pero no, jamás maté a nadie ni experimenté un deseo irreprimible de hacerlo. Se trata de algo más simple. Lo que me fascina sobre Dexter es que es la persona que más honestamente enfrenta su lado oscuro, su dark passenger, como él lo llama. Qué quiero decir te preguntarás.
¿Acaso nunca sentiste ganas de borrar a alguien de un plumazo? ¿Nunca te regodeaste en el mal momento de alguien? ¿Nunca manipulaste? ¿Nunca engañaste? ¿Nunca heriste deliberadamente? ¿Acaso nunca hiciste algo de todo eso y al final sencillamente dijiste "sí, fui yo"?
No es precisamente nuestro costado más agradable, el que nos gusta sacar y mostrar, pero está ahí y somos nosotros. Es una potencia en nuestro interior, que te puede hacer un guiño en cualquier momento, cuando te sentís amenazado o provocado, o inclusive cuando mirás un serie en Internet. Es nuestra inveterada capacidad de causar daño, tan negada y vapuleada, pero nuestra al fin.
¿Ahora entendés de qué te estoy hablando? ¿Te es familiar? ¿No? Bueno, en ese caso deberías conocer a Dexter.
viernes, 14 de mayo de 2010
Vigilia
Ayer a la noche no pude dormir porque no dejaba de pensar en ellos.
No sé cómo puede ser que tomen tanto de mi tiempo cuando no los considero tan importantes. En general son una gran molestia, de la que me quejo constantemente, y siempre me alegro de no verlos más aunque sea por un rato.
En mis ensoñaciones se me ha llegado a ocurrir que es porque me importan en verdad, y que es por eso que no los puedo sacar de mi cabeza. Pero me resisto a admitir que seres tan insignificantes me roben algo de interés. Me parece sencillamente estúpido.
Cuando nos sentamos a la mesa es cuando más los sufro, porque es uno de esos momentos en los cuales me resulta imposible no mirarlos aunque sea por un instante a esas insoportables caras. He intentado mantener la mirada fija en el plato, pero me he dado cuenta de que alejan la comida de mí para forzarme a que se las tenga que pedir. Y en ese "¿podrías...?" tengo que verlos a los ojos, porque de otro modo no se dan por aludidos, y juro que les pegaría un bife por tener que tolerar esas sonrisas y caídas de ojos tan irritantes.
Durante el trabajo la cosa mejora sensiblemente. En ese momento llego a sentir que la convivencia es posible, en especial cuando me demuestran que pueden hacer algo con sus innecesarias existencias, a las por otro lado maldigo cuando cometen errores estúpidos.
Ahora lo estoy viendo preparándose para ir al jardín, haciendo ruido con esos paquetitos que llevan de acá para allá. Se los cuelgan de las orejas y les quedan tan ridículos que hasta me podrían dar ternura, pero enseguida noto el tamaño de esas cosas que pasan por orejas y me horrorizo. Las proporciones no son precisamente el regalo que les dio la Naturaleza, si es que les dio alguno.
Por fin salieron, y creo que puedo descansar por un rato, pero sus caras, voces, comentarios, risas, grititos, bocas abiertas, manos crispadas, pataleos y llantos, todo, todo eso se me viene encima como una avalancha y me parece que ya no queda espacio para mí en mí mismo porque me han invadido por completo. Intento buscar una salida en el sueño pero es inútil...
Ayer a la noche no pude dormir porque no dejaba de pensar en vos.
No sé cómo puede ser que tomen tanto de mi tiempo cuando no los considero tan importantes. En general son una gran molestia, de la que me quejo constantemente, y siempre me alegro de no verlos más aunque sea por un rato.
En mis ensoñaciones se me ha llegado a ocurrir que es porque me importan en verdad, y que es por eso que no los puedo sacar de mi cabeza. Pero me resisto a admitir que seres tan insignificantes me roben algo de interés. Me parece sencillamente estúpido.
Cuando nos sentamos a la mesa es cuando más los sufro, porque es uno de esos momentos en los cuales me resulta imposible no mirarlos aunque sea por un instante a esas insoportables caras. He intentado mantener la mirada fija en el plato, pero me he dado cuenta de que alejan la comida de mí para forzarme a que se las tenga que pedir. Y en ese "¿podrías...?" tengo que verlos a los ojos, porque de otro modo no se dan por aludidos, y juro que les pegaría un bife por tener que tolerar esas sonrisas y caídas de ojos tan irritantes.
Durante el trabajo la cosa mejora sensiblemente. En ese momento llego a sentir que la convivencia es posible, en especial cuando me demuestran que pueden hacer algo con sus innecesarias existencias, a las por otro lado maldigo cuando cometen errores estúpidos.
Ahora lo estoy viendo preparándose para ir al jardín, haciendo ruido con esos paquetitos que llevan de acá para allá. Se los cuelgan de las orejas y les quedan tan ridículos que hasta me podrían dar ternura, pero enseguida noto el tamaño de esas cosas que pasan por orejas y me horrorizo. Las proporciones no son precisamente el regalo que les dio la Naturaleza, si es que les dio alguno.
Por fin salieron, y creo que puedo descansar por un rato, pero sus caras, voces, comentarios, risas, grititos, bocas abiertas, manos crispadas, pataleos y llantos, todo, todo eso se me viene encima como una avalancha y me parece que ya no queda espacio para mí en mí mismo porque me han invadido por completo. Intento buscar una salida en el sueño pero es inútil...
Ayer a la noche no pude dormir porque no dejaba de pensar en vos.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Intimidad
Cinco tipos tirados semidesnudos en una cama mirando la tele a la tarde. Un calor que todo lo pegotea y el diluvio infernal afuera. La chatura del aire se reconcentra aplastándolos más y más contra el colchón, confundiéndolos como un amasijo de a ratos indiferenciado. Ésta es tu pierna, éste es mi brazo, ¿ésta es tu cara? No, no, la mía, boludo.
¿El pudor? El aburrimiento lo pulverizó hasta perderlo por ahí, dejándoles sudor, olor y eructos. ¿Qué decir de tanta promiscuidad asumida, naturalizada, apenas percibida? De a fogonazos la retacean, sacándole el cuerpo o, más bien, poniéndoselo para que ya no importe nada de nada. ¿Y los He-Mans, los Duravit, los soldaditos de plástico?
¿Eso es porro? La indecible sensación de ser parte.
Intimidad.
¿El pudor? El aburrimiento lo pulverizó hasta perderlo por ahí, dejándoles sudor, olor y eructos. ¿Qué decir de tanta promiscuidad asumida, naturalizada, apenas percibida? De a fogonazos la retacean, sacándole el cuerpo o, más bien, poniéndoselo para que ya no importe nada de nada. ¿Y los He-Mans, los Duravit, los soldaditos de plástico?
¿Eso es porro? La indecible sensación de ser parte.
Intimidad.
martes, 29 de diciembre de 2009
La paradoja del dos y el uno
Son dos las partes en las que nos podemos dividir; la del ahora y la del después y el antes, pero dos al fin. Y cuando pasamos a ser el de después dejamos de ser el de ahora, que se convierte en el de antes. Y los dos uno son, así, eternamente irreconciliables.
Sin embargo, hay un momento y un lugar donde las dos partes se unen, y uno es el de ahora, el de antes y el después al mismo tiempo. Pero, dado que uno no puede ser el de antes (ni el de después) porque resulta que es el de ahora, ¿cómo ser uno mismo?
Para ser uno mismo, entonces, se necesita de un espejo. Un espejo cualquiera, en principio, frente al que uno se puede parar y obtener su propio reflejo, descubriendo las marcas del uno anterior en el cuerpo y en los ojos el interrogante sobre el uno que vendrá.
Y si no hay un espejo por ahí, o si todos los espejos se ponen opacos, se vuelve imperativo buscar a otro. Alguien transparente, pero que con la luz que lo atraviesa nos devuelva nuestra imagen y la suya. Alguien que también esté a la búsqueda de su antes, su ahora y su después. Alguien clavado en devenir imparable del tiempo propio. Alguien con quien ser uno mismo.
Y en ese momento la matemática colapsa, las formas se desvanecen y el universo se abisma porque, en un caos infernalmente placentero, dos y dos resultan ser uno.
Sin embargo, hay un momento y un lugar donde las dos partes se unen, y uno es el de ahora, el de antes y el después al mismo tiempo. Pero, dado que uno no puede ser el de antes (ni el de después) porque resulta que es el de ahora, ¿cómo ser uno mismo?
Para ser uno mismo, entonces, se necesita de un espejo. Un espejo cualquiera, en principio, frente al que uno se puede parar y obtener su propio reflejo, descubriendo las marcas del uno anterior en el cuerpo y en los ojos el interrogante sobre el uno que vendrá.
Y si no hay un espejo por ahí, o si todos los espejos se ponen opacos, se vuelve imperativo buscar a otro. Alguien transparente, pero que con la luz que lo atraviesa nos devuelva nuestra imagen y la suya. Alguien que también esté a la búsqueda de su antes, su ahora y su después. Alguien clavado en devenir imparable del tiempo propio. Alguien con quien ser uno mismo.
Y en ese momento la matemática colapsa, las formas se desvanecen y el universo se abisma porque, en un caos infernalmente placentero, dos y dos resultan ser uno.
martes, 8 de diciembre de 2009
Vertumno, Pomona y porqué contamos lo que contamos.
El año pasado leí las Metamorfosis de Ovidio, y entre los montones de historias que se suceden y superponen en esa obra hubo uno que me llamó particularmente la atención (algo que, a propósito, no es difícil que te pase con un texto tan genial). El mito de Vertumno y Pomona me cautivó especialmente, quizás por ser uno de los pocos que, con su final feliz (?), contrasta con la amarga suerte de la mayoría de los personajes de las Metamorfosis.
Pomona es una ninfa que, a pesar de su deslumbrante belleza y, aun más a pesar de todos los pretendientes que ésta le vale, se ha consagrado exclusivamente al cuidado de su jardín. De hecho, prácticamente vive recluida entre sus plantas y árboles, entre los que se le aparecen admiradores que rechaza sin excepción. Sin embargo, hay por ahí un dios muy cabeza dura, Vertumno, que no tiene planeado rendirse. Como sabe que Pomona no se va a dejar seducir tan fácilmente, recurre a un ingenioso ardid. Valiéndose de sus poderes, logra transformarse en una vieja (he aquí una de las metamorfosis) para poder acercarse a su amada sin que se espante. Y desde la deteriorada anatomía de la anciana la concita a entregarle su amor a alguien, porque, como sus plantas, se va a marchitar, y aunque no lo dice, uno piensa que así atenta contra un sagrado ciclo sexual y, por ende, vital.
Entonces, y ésta es la parte que más me gusta, para terminar de convencerla le cuenta una historia. Anaxárete era una bella mortal que, también como Pomona, se complacía en condenar a terribles sufrimientos a todos los hombres que la pretendían. Uno de ellos, Ífis, harto de ser rechazado por la cruel doncella, decide inmolarse en la puerta de su casa, no sin antes echarle una maldición. Al otra día, el cortejo fúnebre pasa justo frente a la casa de Anaxárete, que llevada al borde de la locura por los lamentos que escucha, se vuelve de piedra por mano de una deidad vengadora (segunda metamorfosis) y queda inmortalizada en una estatua. Al terminar de escuchar el relato, Vertumno le revela a Pomona su verdadera identidad y ésta cae rendida en sus brazos.
Cuando leí esta historia no pude sino pensar en todas la historias que armé para conquistar a alguna mujer. En cómo a veces las creaba de la nada, pero cómo otras veces sencillamente distorsionaba un hecho real de un modo tan sutil que terminaba creyendo que había sido realmente así. En cómo al contar una historia me transformaba antes sus ojos, en el mejor de los casos volviéndome más ocurrente, más interesante, más atractivo, pero siempre de algún modo diferente. Y pienso que tal vez justamente esa sea una de las razones por las que contamos historias: para tratar de conjurar las metamorfosis que no podemos encarnar en nosotros mismos sin los poderes que los dioses se llevaron consigo al Olimpo.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Tres pequeñas epifanías
La otra tarde caí en la cuena de que no tenía porqué pagar $1,20 para viajar en el colectivo cuando en realidad me correspondía $1,10. Le puedo echar la culpa al primer colectivero que con maliciosa seguridad me había dicho que "sí, es $1,20 hasta ahí", pero la verdad es que después yo lo seguí pagando sin siquiera consultar. Hasta hace ya unos cuantos martes, cuando empecé a pagar $1,10 de nuevo.
Al entrar a esa bañera me parece que lo primero-primero que vi fue esa botella con el pico naranja. Me estaba quedando en casa ajena en otro país y, definitivamente, no era ése el shampoo que habría comprado, pero, bue, esto también es parte de la experiencia, me dije, y me embadurné el pelo con ese detergente de naranja con tanto (tanto) olor a naranja que me pareció que me estaba rompiendo caralemos en la cabeza.
No sé precisamente cuándo fue, tal vez cuando escuché "Todo cambia" por Mercedes Sosa, que me cambió tanto la visión del folclore, o cuando algún amigo me hizo escuchar algo que hasta entonces no me había llegado a los oídos, pero sé que que en algún momento pensé que no tenía porqué seguir escuchando sólo rock, o simplemente no tenía porqué seguir haciéndolo por completo. No tenía porqué quedarme ahí cuando había tantos lugares por allá que me estaban esperando.
Al entrar a esa bañera me parece que lo primero-primero que vi fue esa botella con el pico naranja. Me estaba quedando en casa ajena en otro país y, definitivamente, no era ése el shampoo que habría comprado, pero, bue, esto también es parte de la experiencia, me dije, y me embadurné el pelo con ese detergente de naranja con tanto (tanto) olor a naranja que me pareció que me estaba rompiendo caralemos en la cabeza.
No sé precisamente cuándo fue, tal vez cuando escuché "Todo cambia" por Mercedes Sosa, que me cambió tanto la visión del folclore, o cuando algún amigo me hizo escuchar algo que hasta entonces no me había llegado a los oídos, pero sé que que en algún momento pensé que no tenía porqué seguir escuchando sólo rock, o simplemente no tenía porqué seguir haciéndolo por completo. No tenía porqué quedarme ahí cuando había tantos lugares por allá que me estaban esperando.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Koyaanisqatsi
El koyaanisqatsi es una compleja noción filosófica de los hopis, unos habitantes de la Meseta Central de los EEUU, que en lo espeso de su sentido significa "la vida frenética, la vida del desenfreno, fuera de cualquier balance, desintegrándose; un estado de la vida que requiere un cambio de vida". Además, Koyaanisqatsi es a su vez el nombre de una película de Ron Fricke, acompañada por la imposiblemente más perfecta música de Philip Glass, que la compuso especialmente para el film.
En los 87 minutos que dura no hay ni actores, ni diálogos y ni siquiera una narración que guíe la interpretación de lo que es una sucesión de imágenes con la constante sonoridad de Glass de fondo. Cuando me dijeron que esto era básicamente la película pensé con escepticismo que no iba a tolerarla más allá del minuto 20, pero finalmente no pude quitar la vista del monitor ni dejar de hacer comentarios alucinados hasta que la pantalla se puso negra y apareció la palabra koyaanisqatsi con las correspondientes definiciones de su significado.
Lo que se ve es un recorrido de lo que es la naturaleza no intervenida y cómo la progresiva acción del hombre la fue modificando hasta las contundentes imágenes de la ciudad moderna y su alboroto y su movimiento y su violencia sin fin, concluyendo con la agonía de un cohete que explota en el aire y que, para la percepción ya hiperestimulada del espectador, no deja de caer.
Si bien la película está muy abierta a una variedad de interpretaciones da la impresión de que hay un mensaje clave que pone en primer plano: que hay algo muy equivocado en el curso que le hemos dado a las cosas, que hemos perdido el equilibrio y que si no lo alteramos nos espera algo peor.
A mí me basta con pasar apenas unos minutos con mis alumnos para darme cuenta de lo difícil que es aunar voluntades para movernos hacia un beneficio común, y cuando lo pienso en una escala mayor sencillamente me pierdo en la sobredimensión que toma el asunto. Pero creo que hay algo muy valioso en la película, que, más allá de regalarte 87 minutos de singular belleza, son todos los otros minutos de la cruda sensación de vulnerabilidad que te deja, y que nos fuerza a ver todo el koyaanisqatsi a nuestro alrededor nuestro y en nosotros mismos para intentar cambiarlo.
sábado, 31 de octubre de 2009
Cómo
El ruido de los tambores a la distancia era una señal de que se acercaban. Bastaba con escuchar los primeros golpes para que, sin siquiera mirarnos, todos corrieramos al mismo tiempo al escondite a ocultarnos. Creo que era una de las pocas ventajas de la manía por las formas que tenía el Orden. Nunca hacían expediciones ni racias por la ciudad sin el acompañamiento de los tambores, aun si eso significaba que la mayoría de sus víctimas serían alertadas y se esconderían. Sin embargo, no les importaba porque sabían que siempre encontrarían algunas para llevarse.
Nosotros estuvimos a punto de ser descubiertos en una ocasión. Era una de las primeras veces que nos ocultábamos, y yo estaba muy nervioso. Al escuchar pasos sobre nosotros me puse a temblar como una hoja, y sin darme cuenta me apoyé contra la pared, tirando una cajita de cartón que tenía sólo uno hilos adentro. Una cajita de cartón con sólo hilos adentro. ¿Hay algo que pueda hacer menos ruido? De hecho, yo ni siquiera la oí caer, sino que la sentí y la vi caer. Sin embargo, los guardias sí la oyeron, realmente no sé cómo, porque fue prácticamente inaudible, pero nos dimos cuenta porque se pararon en seco, como si en ese instante se les hubieran llenado de plomo los pies y no se hubieran podido mover más. Por suerte logramos distraer la atención de los guardias haciendo ruido en la otra punta del escondite, pero como el nuestro estaba pegado al de unos vecinos se los terminaron llevando a ellos. Es el día de hoy en el que todavía no me explico cómo es que pudieron oír la cajita. A veces pienso que, como yo, ellos también la vieron caer.
A veces nos teníamos que ocultar hasta por dos o tres días, y otras era cuestión de sólo un par de horas. En realidad era muy importante darse cuenta de cuál era el momento indicado para salir, porque, como todo escaseaba, los primeros en hacerlo saqueaban los departamentos de los que todavía estaban en sus escondites. Sin embargo, a los más codiciosos a veces les salía mal porque a menudo los guardias simulaban haberse ido, pero en verdad estaban todavía merodeando y esperando que alguno se les apareciera en el pasillo con una bolsa de pan o tal vez una joya barata.
Me acuerdo en una oportunidad que me ofrecí para salir antes que todos. Nadie nunca lo decía abiertamente, es decir, había una especie de entendimiento impícito de que el que salía primero lo hacía para asegurarse de que no había nadie más, pero en realidad, y este era otro entedimiento implícito, salíamos a ver qué podíamos robarnos por ahí.
Esa vez me tocó a mí, y, al salir a la superficie lo primero que hice fue esconder toda la comida que habíamos dejado al alcance, para que nadie se la llevara. Puse la polenta debajo de un mueble junto con el poco café que nos quedaba. También me acuerdo de que encontré un taza de leche rancia. La levanté, la olí y la escondí igual.
Los pasillos estaban completamente desiertos, con todas las puertas de los departamentos abiertas de par en par, como invitando a saquearlos, pero también dando testimonio del paso de los guardias, que siempre podían estar todavía a la vuelta de cualquier esquina. Empecé a recorrer el lugar con pasos rápidos, echando miradas furtivas en las cocinas y los livings, pero encontrando muy poco que valiera la pena. Me acuerdo de llegar a lo de los Sacchi y ver sobre la mesa los libros que me había prestado el padre unos días antes para matar el aburrimiento. Debo confesar que justo al lado alguien había dejado un pedazo pequeño de torta, seguramente por el apuro de esconderse. Lo miré y pensé en lo mucho que extrañaba el sabor de la torta, y en lo difícil que eral conseguir los ingredientes para hacerla. Sin poder controlarme se me empezó a llenar la boca de saliva. Sin embargo, miré la torta y los libros y me fui.
Seguí recorriendo el piso, y cuando terminé de requisarlo subí las escaleras para revisar los departamentos de arriba. Ya ahí empecé a entar y salir frenéticamente de cada casa porque en cualquier momento todo el mundo iba a abandonar sus escondites e iba a perder la oportunidad de llevarme algo.
De repente, entré en el último departamento del piso y decidí mirar con un poco más de cuidado. En la cocina no había nada, y en el living sólo había revistas viejas y chucherías, así que me dirigí al cuarto. En el preciso instante en el que iba a atravesar el dintel de la puerta sentí que había alguien del otro lado. En realidad lo supo mi respiración antes que yo, porque se me cortó inmediatamente y es por eso que me di cuenta que de algo estaba mal.
No podía hacer otra cosa que entrar, porque era obvio que quienquiera que estuviera en el cuarto también se había percatado de mi presencia. Es por eso que junté fuerzas y di el paso que me mantenía afuera y otra vez me paralicé. Enfrente mío había una chica que nunca había visto con un bebé en los brazos. Estaba temblando de arriba a abajo, sosteniendo una bolsa con algo de comida que se le estaba por caer, mirándome con un pavor indescriptible, tan intenso que me hizo darme cuenta de que efectivamente podía hacerle daño si quería.
Pero la escena no duró mucho, porque enseguida di un paso al costado y le liberé el camino de salida. Sin volver a mirarme se escabulló casi pegada a la pared, y lo último que vi de ella fue la punta de la pollera dando la vuelta por el pasillo.
Me senté para calmarme porque con toda la prisa del recorrido y lo que me acababa de pasar estaba francamente agitado. Puse la cabeza entre las piernas y, a la vez que sentía la sangre subirme a las mejillas sentía cómo una gota muy gruesa de sudor frío me bajaba por el cuello. Finalmente me incorporé y me apuré a volver a mi casa.
Cuando salí del departamento escuché un estrépito bajando por las escaleras. Era sin duda el ruido de botas marchando acompasadamente, ese ritmo que tantas veces me había aterrorizado. Se estaban dirigiendo hacia mí, y, en ese momento, sin siquiera pensarlo saqué un tornillo que tenía en el bolsillo y lo tiré lo más lejos de mí que me fue posible en dirección a las escaleras. El tornillo cayó por el agujero e hizo ruido al llegar al piso inferior. Desde detrás de la puerta los oí como un traqueteo de tren seguir camino hacia abajo.
Ese día no logré encontrar nada para mi familia, pero alguien sí encontró la taza de leche rancia y nos quedamos sólo con agua para darle a los chicos. Después nos reunimos con los vecinos para ver a quién se habían llevado esa vez, si es que habían podido hacerlo. Entre las voces alborotadas de la gente pude oír el nombre de los Ramírez, y también algo de unos viejos del primer piso. En medio de los sollozos apagados se abrió paso a empujones un hombre joven que no había visto nunca. "El nuevo" escuché a alguien comentar. El tipo tenía el rostro desencajado, y le preguntaba a todo el mundo se alguien había visto a su mujer, una chica joven con un bebé. La desesperación de sus preguntas silenció a todo el mundo, una quietud que sólo rompió el murmullo de alguien detrás mío que musitó haber visto cómo se la llevaban. Había sido en mi piso, justo a unos pasos de la escalera. Desde el ojo de la cerradura, el testigo había escuchado algo como una moneda caer y el paso apurado de los guardias que siguió el sonido y cómo habían apresado a la chica, que no atinó a decir palabra. El hombre se desarmó y cayó de rodillas al suelo, al tiempo que los que estaban a su alrededor lo sostenían, consolándolo y repitiéndole inútilmente que iba a volver.
Más tarde, a la hora de la cena, más frugal que nunca, todos comentaban en la mesa lo desgarrador que había sido escuchar al hombre llorar cuando lo llevaban de rastras a su casa. Todos parecían tener una necesidad de hablar el horror que habíamos atravesado esa tarde, conmiserándose de los que se habían llevado y, especialmente, de ese hombre, preguntándose cómo iba a vivir el resto de su vida con lo que le había pasado, cómo. Y, yo también, pensé cómo.
Nosotros estuvimos a punto de ser descubiertos en una ocasión. Era una de las primeras veces que nos ocultábamos, y yo estaba muy nervioso. Al escuchar pasos sobre nosotros me puse a temblar como una hoja, y sin darme cuenta me apoyé contra la pared, tirando una cajita de cartón que tenía sólo uno hilos adentro. Una cajita de cartón con sólo hilos adentro. ¿Hay algo que pueda hacer menos ruido? De hecho, yo ni siquiera la oí caer, sino que la sentí y la vi caer. Sin embargo, los guardias sí la oyeron, realmente no sé cómo, porque fue prácticamente inaudible, pero nos dimos cuenta porque se pararon en seco, como si en ese instante se les hubieran llenado de plomo los pies y no se hubieran podido mover más. Por suerte logramos distraer la atención de los guardias haciendo ruido en la otra punta del escondite, pero como el nuestro estaba pegado al de unos vecinos se los terminaron llevando a ellos. Es el día de hoy en el que todavía no me explico cómo es que pudieron oír la cajita. A veces pienso que, como yo, ellos también la vieron caer.
***********
A veces nos teníamos que ocultar hasta por dos o tres días, y otras era cuestión de sólo un par de horas. En realidad era muy importante darse cuenta de cuál era el momento indicado para salir, porque, como todo escaseaba, los primeros en hacerlo saqueaban los departamentos de los que todavía estaban en sus escondites. Sin embargo, a los más codiciosos a veces les salía mal porque a menudo los guardias simulaban haberse ido, pero en verdad estaban todavía merodeando y esperando que alguno se les apareciera en el pasillo con una bolsa de pan o tal vez una joya barata.
Me acuerdo en una oportunidad que me ofrecí para salir antes que todos. Nadie nunca lo decía abiertamente, es decir, había una especie de entendimiento impícito de que el que salía primero lo hacía para asegurarse de que no había nadie más, pero en realidad, y este era otro entedimiento implícito, salíamos a ver qué podíamos robarnos por ahí.
Esa vez me tocó a mí, y, al salir a la superficie lo primero que hice fue esconder toda la comida que habíamos dejado al alcance, para que nadie se la llevara. Puse la polenta debajo de un mueble junto con el poco café que nos quedaba. También me acuerdo de que encontré un taza de leche rancia. La levanté, la olí y la escondí igual.
Los pasillos estaban completamente desiertos, con todas las puertas de los departamentos abiertas de par en par, como invitando a saquearlos, pero también dando testimonio del paso de los guardias, que siempre podían estar todavía a la vuelta de cualquier esquina. Empecé a recorrer el lugar con pasos rápidos, echando miradas furtivas en las cocinas y los livings, pero encontrando muy poco que valiera la pena. Me acuerdo de llegar a lo de los Sacchi y ver sobre la mesa los libros que me había prestado el padre unos días antes para matar el aburrimiento. Debo confesar que justo al lado alguien había dejado un pedazo pequeño de torta, seguramente por el apuro de esconderse. Lo miré y pensé en lo mucho que extrañaba el sabor de la torta, y en lo difícil que eral conseguir los ingredientes para hacerla. Sin poder controlarme se me empezó a llenar la boca de saliva. Sin embargo, miré la torta y los libros y me fui.
Seguí recorriendo el piso, y cuando terminé de requisarlo subí las escaleras para revisar los departamentos de arriba. Ya ahí empecé a entar y salir frenéticamente de cada casa porque en cualquier momento todo el mundo iba a abandonar sus escondites e iba a perder la oportunidad de llevarme algo.
De repente, entré en el último departamento del piso y decidí mirar con un poco más de cuidado. En la cocina no había nada, y en el living sólo había revistas viejas y chucherías, así que me dirigí al cuarto. En el preciso instante en el que iba a atravesar el dintel de la puerta sentí que había alguien del otro lado. En realidad lo supo mi respiración antes que yo, porque se me cortó inmediatamente y es por eso que me di cuenta que de algo estaba mal.
No podía hacer otra cosa que entrar, porque era obvio que quienquiera que estuviera en el cuarto también se había percatado de mi presencia. Es por eso que junté fuerzas y di el paso que me mantenía afuera y otra vez me paralicé. Enfrente mío había una chica que nunca había visto con un bebé en los brazos. Estaba temblando de arriba a abajo, sosteniendo una bolsa con algo de comida que se le estaba por caer, mirándome con un pavor indescriptible, tan intenso que me hizo darme cuenta de que efectivamente podía hacerle daño si quería.
Pero la escena no duró mucho, porque enseguida di un paso al costado y le liberé el camino de salida. Sin volver a mirarme se escabulló casi pegada a la pared, y lo último que vi de ella fue la punta de la pollera dando la vuelta por el pasillo.
Me senté para calmarme porque con toda la prisa del recorrido y lo que me acababa de pasar estaba francamente agitado. Puse la cabeza entre las piernas y, a la vez que sentía la sangre subirme a las mejillas sentía cómo una gota muy gruesa de sudor frío me bajaba por el cuello. Finalmente me incorporé y me apuré a volver a mi casa.
Cuando salí del departamento escuché un estrépito bajando por las escaleras. Era sin duda el ruido de botas marchando acompasadamente, ese ritmo que tantas veces me había aterrorizado. Se estaban dirigiendo hacia mí, y, en ese momento, sin siquiera pensarlo saqué un tornillo que tenía en el bolsillo y lo tiré lo más lejos de mí que me fue posible en dirección a las escaleras. El tornillo cayó por el agujero e hizo ruido al llegar al piso inferior. Desde detrás de la puerta los oí como un traqueteo de tren seguir camino hacia abajo.
Ese día no logré encontrar nada para mi familia, pero alguien sí encontró la taza de leche rancia y nos quedamos sólo con agua para darle a los chicos. Después nos reunimos con los vecinos para ver a quién se habían llevado esa vez, si es que habían podido hacerlo. Entre las voces alborotadas de la gente pude oír el nombre de los Ramírez, y también algo de unos viejos del primer piso. En medio de los sollozos apagados se abrió paso a empujones un hombre joven que no había visto nunca. "El nuevo" escuché a alguien comentar. El tipo tenía el rostro desencajado, y le preguntaba a todo el mundo se alguien había visto a su mujer, una chica joven con un bebé. La desesperación de sus preguntas silenció a todo el mundo, una quietud que sólo rompió el murmullo de alguien detrás mío que musitó haber visto cómo se la llevaban. Había sido en mi piso, justo a unos pasos de la escalera. Desde el ojo de la cerradura, el testigo había escuchado algo como una moneda caer y el paso apurado de los guardias que siguió el sonido y cómo habían apresado a la chica, que no atinó a decir palabra. El hombre se desarmó y cayó de rodillas al suelo, al tiempo que los que estaban a su alrededor lo sostenían, consolándolo y repitiéndole inútilmente que iba a volver.
Más tarde, a la hora de la cena, más frugal que nunca, todos comentaban en la mesa lo desgarrador que había sido escuchar al hombre llorar cuando lo llevaban de rastras a su casa. Todos parecían tener una necesidad de hablar el horror que habíamos atravesado esa tarde, conmiserándose de los que se habían llevado y, especialmente, de ese hombre, preguntándose cómo iba a vivir el resto de su vida con lo que le había pasado, cómo. Y, yo también, pensé cómo.
sábado, 24 de octubre de 2009
Una versión del silencio
El silencio puede ser la mejor de las armas, o algo así. Eso es lo que estoy descubriendo últimamente. Quedarme callado ante lo que sea que me dicen puede ser lo peor que se le puede hacer al que tengo enfrente. A cualquiera. Al encargado del edificio, a la cajera del supermercado, a mis vecinos, a mi mamá. De hecho, algunos de ellos directamente creen que soy mudo, o eso me han dado a entender con sus miraditas lastimeras y favores estúpidamente condescendientes (como si ser mudo me impidiera abrir la puerta del edificio por mi propia cuenta).
Lo que pasa es que sencillamente no tengo más nada que decir; o, mejor, nada de lo que los otros dicen me mueve siquiera a proferir la más insignificante sílaba ni el más socialmente adecuado gruñido. Nada, así de fácil.
Antes, no era de ese modo, para nada. Inclusive, de manera retrospectiva me doy cuenta de que era algo verborrágico y, como todas las palabras terminadas en -ragia, yo también hacía un derroche desmedido, pero de palabras. Ahora sencillamente me guardo las palabras. El mundo puede tener lo que quiera de mí, a él me brindo sin problemas, pero las palabras me las quedo yo.
Todo empezó cuando me di cuenta de que cada vez que decía algo el otro se lo apropiaba. Y me daba tanta bronca... llegué a agarrarme terribles furias al darme cuenta de que alguien repetía una frase, un giro, un ocurrencia de mi propia autoría. Sin embargo, con el tiempo me percaté de que también me sacaba de las casillas que alguien tomara cualquier palabra dicha por mí, hasta la más común e imperceptible preposición. Porque cada vez que digo una palabra, es única, irrepetible, lanzada al universo con mi marca, nutrida en su estructura por mis fluidos, empapada de mi savia, de la sangre misma que me corre por las venas. Como si al escucharla se oyera como un eco de mi nombre en cada una de ellas. Eso, eso mismo es lo que sentían los otros, y eso es lo que los muy ladinos me querían robar. Pero ya no más; ahora son para mí, para mí solito.
Todos los días me levanto y los primero que hago, inclusive antes de abrir los ojos, es decirme algo, cualquier cosa, con tal de escuchar un sonido salido de mi boca. A partir de ahí todo lo demás es completamente superfluo. La comida, el baño, el ejercicio, la música. Basta con leer la más mediocremente escrita instrucción de elctrodoméstico para que el ambiente florezca, el más chato resumen de banco, el más gris subtítulo de serie, y todo se vuelve magia alrededor.
A veces escucho a los demás y practico nuevas pronunciaciones, ensayando, articulando, creando verdaderas puestas en escena cada vez que emito sonido alguno. Algunos no podrían creer la pasión que pongo en cada modulación, las lágrimas que he derramado al declamar la fecha de vencimiento de la leche, o cómo monté en cólera una vez al repetir un jingle publicitario que había escuchado ese mismo día. Cuando me animo me grabo, pero a veces me invade el miedo de que alguien se haga de las cintas, por lo que periódicamente las destruyo.
Así es como aprendí a preservar lo mío. No como aquel día, cuando recibí un llamado de la policía diciendo que tenía que reconocer un cuerpo que parecía ser el de mi esposa. Y allí, callada para mí y para todos me entregó una última imagen que atesoro con horror en lo más profundo de mi memoria. Y en ese silencio sepulcral yo me llamé a silencio frente a los otros. Porque una vez le había dado al mundo lo que más amaba, y lo que obtuve es que alguien se lo apropiara y lo destruyera. Por eso, hoy mis palabras, que son lo que me quedó, son para mí.
Mis amigos y familiares se compadencen de mí, pero yo, desde mi mutismo, trato de hacerles entender que no es necesario, porque no estoy mal. Estoy bien, mejor que nunca, diría. No existen los días negros para mí. No hay tristeza que me abata ni amargura que me colme, porque todo, todo es pura belleza con la dulzura de mis palabras.
Lo que pasa es que sencillamente no tengo más nada que decir; o, mejor, nada de lo que los otros dicen me mueve siquiera a proferir la más insignificante sílaba ni el más socialmente adecuado gruñido. Nada, así de fácil.
Antes, no era de ese modo, para nada. Inclusive, de manera retrospectiva me doy cuenta de que era algo verborrágico y, como todas las palabras terminadas en -ragia, yo también hacía un derroche desmedido, pero de palabras. Ahora sencillamente me guardo las palabras. El mundo puede tener lo que quiera de mí, a él me brindo sin problemas, pero las palabras me las quedo yo.
Todo empezó cuando me di cuenta de que cada vez que decía algo el otro se lo apropiaba. Y me daba tanta bronca... llegué a agarrarme terribles furias al darme cuenta de que alguien repetía una frase, un giro, un ocurrencia de mi propia autoría. Sin embargo, con el tiempo me percaté de que también me sacaba de las casillas que alguien tomara cualquier palabra dicha por mí, hasta la más común e imperceptible preposición. Porque cada vez que digo una palabra, es única, irrepetible, lanzada al universo con mi marca, nutrida en su estructura por mis fluidos, empapada de mi savia, de la sangre misma que me corre por las venas. Como si al escucharla se oyera como un eco de mi nombre en cada una de ellas. Eso, eso mismo es lo que sentían los otros, y eso es lo que los muy ladinos me querían robar. Pero ya no más; ahora son para mí, para mí solito.
Todos los días me levanto y los primero que hago, inclusive antes de abrir los ojos, es decirme algo, cualquier cosa, con tal de escuchar un sonido salido de mi boca. A partir de ahí todo lo demás es completamente superfluo. La comida, el baño, el ejercicio, la música. Basta con leer la más mediocremente escrita instrucción de elctrodoméstico para que el ambiente florezca, el más chato resumen de banco, el más gris subtítulo de serie, y todo se vuelve magia alrededor.
A veces escucho a los demás y practico nuevas pronunciaciones, ensayando, articulando, creando verdaderas puestas en escena cada vez que emito sonido alguno. Algunos no podrían creer la pasión que pongo en cada modulación, las lágrimas que he derramado al declamar la fecha de vencimiento de la leche, o cómo monté en cólera una vez al repetir un jingle publicitario que había escuchado ese mismo día. Cuando me animo me grabo, pero a veces me invade el miedo de que alguien se haga de las cintas, por lo que periódicamente las destruyo.
Así es como aprendí a preservar lo mío. No como aquel día, cuando recibí un llamado de la policía diciendo que tenía que reconocer un cuerpo que parecía ser el de mi esposa. Y allí, callada para mí y para todos me entregó una última imagen que atesoro con horror en lo más profundo de mi memoria. Y en ese silencio sepulcral yo me llamé a silencio frente a los otros. Porque una vez le había dado al mundo lo que más amaba, y lo que obtuve es que alguien se lo apropiara y lo destruyera. Por eso, hoy mis palabras, que son lo que me quedó, son para mí.
Mis amigos y familiares se compadencen de mí, pero yo, desde mi mutismo, trato de hacerles entender que no es necesario, porque no estoy mal. Estoy bien, mejor que nunca, diría. No existen los días negros para mí. No hay tristeza que me abata ni amargura que me colme, porque todo, todo es pura belleza con la dulzura de mis palabras.
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